La falsa Creación

El taller del artesano ciego

Yaldabaoth, rodeado de sus arcontes, se dispuso a crear. No sabía que estaba imitando algo que nunca había visto. No sabía que arriba, en el Pleroma, existía una creación verdadera, luminosa, eterna. Solo conocía el vacío del kenoma y su propia soledad. Así que, con la torpeza del que aprende a tientas, comenzó a organizar el caos.

Los textos gnósticos describen este proceso como una imitación fallida. El demiurgo quería hacer un cielo, pero no sabía cómo era el cielo verdadero. Quería hacer tierra, pero nunca había pisado suelo firme. Quería poner lumbreras, pero la única luz que conocía era el reflejo turbio que había recibido de Sofía. Su creación, por tanto, no es mala por maldad, sino imperfecta por ignorancia.

“Y Yaldabaoth dijo a sus arcontes: ‘Vamos, construyamos un mundo’. Y ellos, como ciegos guiando a ciegos, comenzaron a dar forma a la materia informe. Pero todo lo que hacían era copia de una copia, reflejo de un reflejo.”
— Sobre el origen del mundo (NHC II, 5)

El filósofo Hans Jonas comenta: “El demiurgo no es el mal absoluto. Es el mal como privación. No tiene malicia, pero tampoco tiene plenitud. Su creación es como un dibujo hecho por un niño que nunca ha visto el original: puede ser bonito, pero es incompleto.”

La materia: ni buena ni mala, solo limitada
Uno de los errores más comunes al hablar del gnosticismo es pensar que los gnósticos odiaban la materia. No es exacto. La materia, en sí misma, no es mala. Es simplemente el nivel más bajo de realidad, el más alejado del Pleroma, el más limitado. No tiene luz propia, pero puede reflejarla. No tiene vida propia, pero puede contenerla.

La materia es como una vasija de barro: puede contener agua pura o agua sucia, pero la vasija no es ni pura ni sucia. Así, el mundo material creado por Yaldabaoth es moralmente neutral. Lo que lo hace doloroso no es su sustancia, sino su distancia de la Fuente. Estar en la materia es estar lejos. Y estar lejos duele.

“La materia no es odiosa. Es solo la sombra de lo real. Quien la confunde con la realidad, sufre. Quien la usa como escalera, asciende.”
— Evangelio de Felipe (NHC II, 3)

La filósofa y mística Simone Weil (1909-1943), profundamente influida por el gnosticismo, escribió en sus Cuadernos: “El mundo material no es malo. Es solo vacío. Y el vacío no duele hasta que alguien intenta llenarlo con lo que no le pertenece.”

Los siete cielos: la jaula de las esferas
Yaldabaoth no creó un solo cielo, sino siete cielos, uno sobre otro, cada uno regido por uno de los arcontes principales. Estos cielos no son los cielos astronómicos que conocemos (aunque los gnósticos los identificaban con las esferas planetarias), sino capas de realidad que atrapan el alma entre el mundo material y el Pleroma.

Cada cielo es una barrera, pero también una estación de paso. El alma que muere sin despertar queda atrapada en alguno de ellos, reencarnando una y otra vez. El alma que despierta puede atravesarlos, si conoce las contraseñas.

“El primer cielo es de Yaldabaoth, el segundo de Jao, el tercero de Sabaoth, el cuarto de Adonaios, el quinto de Eloaios, el sexto de Oraios, el séptimo de Astaphaios. Y sobre ellos, el Pleroma.”
— El Apócrifo de Juan (NHC II, 1)

El gran estudioso del gnosticismo Giovanni Filoramo explica: “Los siete cielos no son solo lugares astronómicos. Son estructuras de la conciencia. Cada arconte representa una ilusión, un apego, una forma de ignorancia que hay que trascender. Atravesar los cielos es atravesarse a uno mismo.”

El tiempo, la jaula invisible
Además del espacio (los siete cielos y la tierra), el demiurgo creó el tiempo. No porque supiera lo que hacía, sino porque su creación, al ser imperfecta, no podía sostenerse por sí misma. Todo lo que el demiurgo hace envejece, se desgasta, muere. El tiempo es la medida de ese desgaste.

El tiempo no es malo en sí mismo. Es simplemente la condición de la materia. Las cosas materiales no pueden permanecer iguales; cambian, se transforman, se corrompen. El tiempo es la forma de ese cambio. Y el cambio, aunque doloroso, es también la condición de posibilidad del despertar. Porque si nada cambiara, no podríamos recordar.

“Y Yaldabaoth puso el tiempo en su creación, para que todo tuviera un principio y un final. Pero no sabía que el tiempo es una rueda, y que la rueda puede romperse.”
— Tratado Tripartito (NHC I, 5)

El poeta Jorge Luis Borges (1899-1986), fascinado por el gnosticismo, escribió en su cuento La escritura de Dios: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río. Es un tigre que me devora, pero yo soy el tigre.” Para el gnóstico, reconocerse en el tiempo es el primer paso para salir de él.

La falsa luz: el sol, la luna y las estrellas
El demiurgo, para embellecer su creación, puso lumbreras en el firmamento: el sol para el día, la luna para la noche, y las estrellas como adornos. Pero estas lumbreras no son la luz verdadera del Pleroma. Son luces prestadas, reflejos de un reflejo. Por eso el sol se apaga, la luna mengua, las estrellas parecen titilar. Su luz no es eterna.

Los gnósticos no odiaban el sol. Lo veían como un símbolo ambiguo: puede ayudar a ver, pero también puede cegar. Puede dar calor, pero también quemar. Como todo en la creación del demiurgo, el sol es útil pero no suficiente. No hay que adorarlo, pero tampoco maldecirlo.

“Ellos (los arcontes) crearon el sol y la luna para medir el tiempo. Pero la verdadera luz no se mide, ni sale ni se pone. La verdadera luz es el conocimiento del Padre.”
— Evangelio de la Verdad (NHC I, 3)

El astrónomo y místico Johannes Kepler (1571-1630), que conocía los textos gnósticos, escribió: “El sol es una imagen de Dios, pero solo una imagen. Quien confunde la imagen con el original, adora a la criatura en lugar del Creador. Y el Creador verdadero no está en el cielo visible.”

La tierra: valle de lágrimas o taller de despertar
La tierra, el lugar donde habitamos, es la obra más baja del demiurgo. Está hecha de materia pesada, opaca, resistente. En ella, el dolor es real, la injusticia es frecuente, la muerte es segura. No es un lugar de pruebas para que el alma se purifique, como creen algunas religiones. Es, simplemente, una prisión imperfecta.

Pero esa misma imperfección es nuestra oportunidad. Porque si la tierra fuera un paraíso, no querríamos salir de ella. Si el cuerpo no doliera, no buscaríamos otra cosa. Si la muerte no existiera, no recordaríamos que somos eternos. La dureza de la tierra es lo que nos empuja a preguntar.

“La tierra es un lugar de exilio, pero también de recuerdo. Quien solo ve el exilio, se desespera. Quien ve el recuerdo, se prepara para el regreso.”
— Pistis Sophia (texto gnóstico del siglo III)

El teólogo Antonio Piñero, en su comentario a los textos de Nag Hammadi, resume así esta paradoja: “El mundo material no es bueno, pero tampoco es malo. Es útil. Es un instrumento. Como un martillo: puede construir o destruir, pero el martillo no es ni bueno ni malo. Lo que importa es la mano que lo usa y el ojo que ve más allá de él.”

El error que permite la fuga
Yaldabaoth creó su mundo con esmero. Puso leyes físicas, ciclos naturales, belleza y terror. Creía estar haciendo algo grandioso. Pero sin saberlo, cada una de sus creaciones contenía una grieta. Porque la materia, por sí misma, no puede ser perfecta. Siempre hay un desajuste, un error, una fisura. Y por esas fisuras, la luz del Pleroma puede filtrarse.

El error del demiurgo no es solo su ignorancia. Es, también, su incapacidad para hacer una prisión perfecta. Dejó abierta la puerta. No quiso, pero la dejó. Esa puerta es la gnosis. Y por ella, los que recuerdan pueden escapar.

“El demiurgo construyó su mundo con cadenas de hierro. Pero las cadenas tienen eslabones rotos. Y los eslabones rotos son las preguntas que no te cansas de hacer.”
— Textos de Nag Hammadi (paráfrasis de varios códices)

El poeta William Blake, en su poema El matrimonio del cielo y el infierno, escribió: “Si las puertas de la percepción se purificaran, todo aparecería ante el hombre como es: infinito.” Para el gnóstico, esa purificación es el objetivo. Y el mundo imperfecto del demiurgo es el taller donde esa purificación ocurre.

Lo que el demiurgo no ve, nosotros sí
Al contemplar la falsa creación de Yaldabaoth, el gnóstico no se desespera. No maldice la tierra ni odia su cuerpo. Simplemente recuerda. Sabe que este mundo no es su hogar, pero también sabe que puede usarlo como trampolín. Cada dolor es una señal de que algo no funciona bien. Cada belleza es un eco lejano del Pleroma. Cada pregunta es un eslabón roto en la cadena del demiurgo.

“El mundo fue hecho por un artesano ciego. Pero el que ve, puede usar el mundo sin quedar atrapado en él.”
— Evangelio de Tomás (logion 56, paráfrasis)

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