La crucifixion y el escape

El hombre en la cruz

El Gólgota, lugar de la calavera. Tres hombres crucificados. El sol se oculta antes de tiempo. La tierra tiembla. Y en medio, un hombre que ha sido azotado, coronado de espinas, burlado por los soldados, abandonado por la mayoría de sus discípulos. Ese hombre es Jesús de Nazaret. Y está muriendo.

Los evangelios sinópticos describen sus últimas horas con una crudeza que los primeros cristianos no quisieron suavizar. El relato de Marcos, el más antiguo, es también el más desgarrador:

“Cuando llegó la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: ‘Eloi, Eloi, ¿lama sabacthani?’ que traducido es: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?'”
— Marcos 15:33-34

Este grito, conservado en arameo (la lengua cotidiana de Jesús), ha sido un escándalo para la teología ortodoxa durante dos mil años. ¿Cómo pudo el Hijo de Dios sentirse abandonado por el Padre? ¿Cómo pudo la segunda persona de la Trinidad experimentar la ausencia de Dios? Los teólogos han propuesto diversas explicaciones: que Jesús citaba el comienzo del Salmo 22 para invocar todo el salmo, que terminaba en victoria; que estaba expresando su solidaridad con la humanidad pecadora; que era la manifestación de su verdadera humanidad, capaz de sentir la desolación .

Pero los gnósticos ofrecieron una respuesta mucho más radical: el que gritaba en la cruz era el hombre Jesús, no el Cristo. Y el Cristo, el Eón espiritual del Pleroma, ya había abandonado el cuerpo de Jesús antes de la crucifixión. Por eso Jesús se sintió abandonado. Porque realmente lo estaba. La presencia divina que lo había habitado desde el bautismo se había retirado, dejándolo solo para enfrentar la muerte como cualquier ser humano .

La distinción entre Jesús y el Cristo
Para comprender esta interpretación, es necesario recordar la distinción fundamental que los gnósticos establecían entre el hombre Jesús y el Cristo espiritual. Como hemos visto en capítulos anteriores, Jesús era un ser humano como cualquier otro, nacido de María, sujeto a todas las limitaciones de la carne. El Cristo, en cambio, era una emanación del Pleroma, la Luz enviada por el Primer Misterio para rescatar a las chispas divinas atrapadas en la materia.

El momento de unión entre ambos había ocurrido en el bautismo en el Jordán. Mateo lo narra así:

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios descender como paloma, y venir sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.”
— Mateo 3:16-17

Para los gnósticos, esta “paloma” no era un símbolo del Espíritu Santo en el sentido trinitario, sino el propio Cristo descendiendo del Pleroma y tomando posesión del cuerpo de Jesús. Desde ese momento, y hasta la víspera de la crucifixión, el Cristo habitó en Jesús, enseñando a través de él, realizando curaciones, revelando los misterios del Reino.

Pero en la noche de la traición, en el Huerto de Getsemaní, algo cambió. Jesús, el hombre, sudó sangre, pidió al Padre que apartara de él ese cáliz, se sintió abrumado por el miedo y la angustia. El Evangelio de Pedro, un texto apócrifo del siglo II que contiene fuertes elementos docetas, describe a Jesús en la cruz “permaneciendo en silencio, como si no sintiera dolor” . Para los gnósticos, ese silencio no era estoicismo, sino la constatación de que el Cristo ya se había retirado.

San Ireneo de Lyon, el gran adversario de los gnósticos, resume así la enseñanza valentiniana:

“Ellos afirman que ni el Verbo se hizo carne, ni Cristo, ni el Salvador que fue hecho de todos los Eones. Porque sostienen que el Verbo y Cristo nunca vinieron a este mundo, y que el Salvador no fue encarnado ni sufrió, sino que descendió como una paloma sobre aquel Jesús que fue hecho por dispensación, y cuando hubo proclamado al Padre desconocido, ascendió nuevamente al Pleroma” .

Esta es la doctrina del “escape” en su forma más pura: el Cristo no podía sufrir, porque el Pleroma es inaccesible al dolor. Por lo tanto, antes de que comenzara la pasión, el Cristo se retiró del cuerpo de Jesús, regresó a su morada celestial, y dejó que el hombre Jesús enfrentara solo su destino.

El grito de abandono como testimonio de la partida
El grito de Jesús en la cruz, “Eloi, Eloi, ¿lama sabacthani?”, es para los gnósticos la prueba textual de esta separación. Si el Cristo todavía estuviera presente, Jesús no se habría sentido abandonado. Pero al gritar “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, Jesús está confesando que la presencia divina que lo había sostenido durante su ministerio ya no está con él .

El evangelio de Lucas presenta una versión ligeramente diferente de las últimas palabras de Jesús:

“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’. Y habiendo dicho esto, expiró.”
— Lucas 23:46

Para los gnósticos, esta variación no es contradictoria, sino complementaria. Primero, Jesús expresa su sentimiento de abandono (Marcos). Luego, consciente de que el momento final ha llegado, encomienda su espíritu al Padre (Lucas). Pero el “espíritu” que encomienda no es el Cristo, sino su propia psique, su alma mortal, que regresa a la tierra de donde vino. El Cristo ya había ascendido mucho antes.

El Evangelio de Pedro va aún más lejos. En este texto, el crucificado no muere, sino que “es llevado” directamente al cielo desde la cruz . Un manuscrito describe que, mientras Jesús estaba en la cruz, “permanecía en silencio, como si no sintiera dolor”, y que su último grito no fue de abandono, sino “¡Poder mío, poder mío, me has abandonado!” Esta variante, “poder mío” en lugar de “Dios mío”, es aún más explícita: el poder divino que lo habitaba se ha ido, dejando solo el cascarón humano .

Los discípulos de Juan y el docetismo radical
El docetismo (del griego dokeo, “parecer”) era la doctrina que sostenía que Jesús solo había “parecido” tener un cuerpo real. Algunos gnósticos radicales llevaron esta idea al extremo, afirmando que el Cristo nunca había asumido realmente carne humana, sino que había actuado a través de una apariencia fantasmal.

Los escritos de Juan, tanto el evangelio como las epístolas, parecen combatir directamente esta herejía. El autor de la primera epístola de Juan es explícito:

“En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios. Este es el espíritu del anticristo.”
— 1 Juan 4:2-3

El mismo evangelio de Juan presenta a Jesús en la cruz no como un ser etéreo, sino como un hombre real que sufre y muere. Cuando el soldado le atraviesa el costado con una lanza, “salió sangre y agua” (Juan 19:34). Este detalle físico, tan concreto, es una afirmación de la realidad del cuerpo de Jesús.

Pero los gnósticos valentinianos, más sofisticados que los docetas radicales, no negaban la realidad del cuerpo de Jesús. Solo distinguían entre el hombre Jesús (real, carnal, mortal) y el Cristo espiritual (inmortal, etéreo, divino). Para ellos, el cuerpo de Jesús era real, la crucifixión era real, la muerte era real. Pero el Cristo no murió. El Cristo no podía morir. El Cristo se fue antes .

Esta distinción permitía a los valentinianos afirmar la humanidad de Jesús sin comprometer la divinidad del Cristo. Como escribe un comentarista moderno: “Ellos sostenían que la unión entre el Jesús humano y el Cristo divino era temporal, y que en el momento crucial de la pasión, el Cristo ascendió de nuevo al Pleroma” .

La Pistis Sophia y la enseñanza post-resurrección
La Pistis Sophia, uno de los textos gnósticos más extensos que se conservan, ofrece una perspectiva única sobre la relación entre la crucifixión y la enseñanza secreta de Jesús. Según este texto, después de la resurrección, Jesús no ascendió inmediatamente al cielo, sino que permaneció en la tierra durante once años instruyendo a sus discípulos en los misterios de la Luz .

“Y aconteció que después que Jesús hubo resucitado de entre los muertos, pasó once años hablando con sus discípulos, instruyéndolos solo hasta las regiones del Primer Misterio.”
— Pistis Sophia, Libro I

¿De qué habló Jesús durante esos once años? No de la expiación de los pecados, ni de la fundación de una iglesia, ni de la obediencia a la ley. Habló de la estructura del Pleroma, de los arcontes que bloquean el ascenso del alma, de las contraseñas que hay que recitar para atravesar las esferas celestiales, de la chispa divina que reside en cada ser humano esperando ser recordada.

La Pistis Sophia también contiene la historia de “Pistis Sophia” (literalmente, “Fe-Sabiduría”), una entidad femenina que habita en el decimotercer eón y que es rescatada por Jesús durante su ascensión . Este relato paralela el mito de la caída de Sofía que ya hemos explorado, pero lo sitúa en el contexto de la ascensión de Jesús, mostrando cómo el Salvador continúa su obra de rescate incluso después de la crucifixión.

Para los gnósticos, la crucifixión no es el final de la historia. Es un momento crucial, sin duda, pero no el más importante. Lo más importante es lo que vino después: la enseñanza secreta, la revelación de los misterios, la transmisión de la gnosis a los que podían recibirla. La cruz no salva por sí misma; salva porque es el umbral que el Salvador atraviesa para enseñarnos cómo nosotros también podemos atravesarlo.

El silencio de Pablo y la interpretación gnóstica
Uno de los argumentos que los gnósticos esgrimían para defender su interpretación era el silencio del apóstol Pablo sobre los detalles de la vida terrena de Jesús. Pablo, que escribe las cartas más antiguas del Nuevo Testamento, muestra muy poco interés en la biografía de Jesús. No menciona el nacimiento virginal (excepto en Gálatas 4:4, y aun así, de pasada), no describe los milagros, no relata las parábolas, no narra la pasión con detalle.

Lo que le importa a Pablo es el Cristo resucitado, el Señor celestial, la presencia viva que se le apareció en el camino a Damasco. En esto, los gnósticos se sentían herederos directos de Pablo. Él había escrito:

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
— 2 Corintios 5:17

Para los gnósticos, esta “nueva criatura” no era solo una metáfora de la conversión. Era la realidad del pneuma que despierta, del gnóstico que trasciende su vieja naturaleza psíquica y se convierte en espíritu. Y ese despertar no dependía de la muerte de Jesús en la cruz, sino de la revelación del Cristo resucitado.

Pablo también escribió:

“Porque os entregué en primer lugar lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.”
— 1 Corintios 15:3-4

Los gnósticos no negaban esta fórmula. La aceptaban, pero la interpretaban de manera diferente. “Cristo murió por nuestros pecados” no significaba que su muerte fuera un sacrificio sustitutivo para apaciguar la ira de Yahvé. Significaba que su muerte —la muerte del hombre Jesús, en quien el Cristo había habitado— era el modelo de cómo la chispa divina puede separarse de la carne y retornar al Pleroma. “Murió por nuestros pecados” significaba “murió para mostrarnos que el pecado (la ignorancia) no tiene poder sobre la chispa”.

El escape del Cristo: liberación, no abandono
Para los gnósticos, la partida del Cristo antes de la crucifixión no fue un acto de cobardía o de abandono. Fue un acto de liberación estratégica. El Cristo no podía ser apresado por los arcontes. Si hubiera permanecido en el cuerpo de Jesús hasta el final, los poderes del demiurgo podrían haberlo atrapado (o al menos, eso creían ellos). Al retirarse antes, el Cristo demostró que la luz divina es inapresable. Puede habitar en la carne, pero no está sujeto a la carne.

Este “escape” es el modelo de lo que los gnósticos esperan para sí mismos. Así como el Cristo abandonó el cuerpo de Jesús antes de la muerte, así el gnóstico, al morir, abandona su cuerpo y asciende a través de las esferas de los arcontes, sorteando sus trampas y recitando las contraseñas que lo acreditan como hijo de la Luz.

La Pistis Sophia describe este ascenso en detalle. Cuando el alma del gnóstico deja el cuerpo, se encuentra con los guardianes de las puertas celestiales. Cada guardián le pregunta quién es y de dónde viene. El gnóstico responde:

“Soy una chispa de la luz original. Vuelvo a mi origen. No me detengas, porque tengo el sello del Primer Misterio.”

Y los arcontes se apartan, porque no pueden detener a quien lleva la contraseña adecuada .

Este es el “escape” definitivo: no escapar de la muerte, sino escapar de la reencarnación. No huir del sufrimiento, sino trascender el ciclo de nacimientos y muertes que el demiurgo impone a las almas ignorantes. El Cristo mostró el camino al retirarse del cuerpo de Jesús. Ahora, cada gnóstico puede seguir ese mismo camino.

La cruz como símbolo, no como sacrificio
Esta interpretación gnóstica de la crucifixión tiene una consecuencia radical: la cruz no es un sacrificio expiatorio. Jesús no murió para pagar una deuda de pecado que la humanidad había contraído con un Dios ofendido. Murió porque el sistema del demiurgo —el sistema de este mundo— no puede tolerar a quienes despiertan. Lo mataron los arcontes, encarnados en los líderes religiosos y los poderes romanos, porque su enseñanza era una amenaza para su dominio.

Pero la muerte de Jesús, en sí misma, no tiene poder salvífico. Lo que salva es la gnosis que él enseñó, la revelación de que somos chispas divinas atrapadas en la materia, la certeza de que podemos recordar nuestro origen y regresar a él. La cruz es el símbolo de la persecución que el mundo inflige a los despiertos, no el instrumento de la redención.

Ireneo de Lyon, en su Adversus Haereses, resume así la posición gnóstica que combate:

“Aunque admiten que Jesús sufrió y murió —porque los textos recién descubiertos citan todos los detalles de su pasión—, afirman que ese sufrimiento ‘no tenía fuerza salvífica’. No era la acción de Dios mediante la cual reconciliaba al mundo consigo mismo” .

Para los gnósticos, la salvación no viene de fuera (de la muerte de un sustituto), sino de dentro (del despertar de la propia chispa). La cruz puede inspirar, puede enseñar, puede simbolizar el amor extremo. Pero no puede hacer por nosotros lo que solo nosotros podemos hacer: recordar quiénes somos.

El eco de la serpiente
Hay un eco de la serpiente del Edén en la crucifixión. Así como la serpiente fue levantada en el desierto para curar a los que miraban hacia ella (Números 21:4-9), así Jesús fue levantado en la cruz para curar a los que lo contemplaban con los ojos de la fe (Juan 3:14-15). Los gnósticos no desconocían esta tipología. Pero la interpretaban de manera diferente.

La serpiente de bronce no curaba por sí misma. Curaba porque los israelitas, al mirarla, recordaban su pecado y se arrepentían, y ese arrepentimiento abría la puerta a la gracia de Dios. Del mismo modo, la cruz de Jesús no salva por sí misma. Salva porque al contemplarla, el gnóstico recuerda que el mundo es un lugar de sufrimiento, que el demiurgo es un tirano ciego, y que la única salida es despertar.

El Evangelio de Felipe, uno de los textos de Nag Hammadi, lo expresa así:

“La cruz es el signo del límite en el Pleroma. Por eso Jesús fue crucificado. No para pagar una deuda, sino para mostrar hasta dónde llega el poder del demiurgo: puede matar el cuerpo, pero no puede tocar el espíritu.”

Esa es la lección final de la crucifixión para los gnósticos: el poder del demiurgo es real, pero limitado. Puede torturar, puede matar, puede oprimir. Pero no puede apagar la chispa. La chispa siempre escapa. Siempre asciende. Siempre recuerda.

El testimonio del velo del templo
Los evangelios sinópticos narran un detalle que los gnósticos consideraban especialmente significativo:

“Entonces Jesús, clamando otra vez a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron.”
— Mateo 27:50-51

El velo del templo era la cortina que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo, donde solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año. Su rasgadura simbolizaba, para la teología ortodoxa, el fin de la separación entre Dios y los hombres. Para los gnósticos, simbolizaba algo más radical: el fin de la separación entre el Pleroma y el kenoma.

El velo representaba los cielos, las esferas de los arcontes, las barreras que separan el mundo material del mundo espiritual. Al rasgarse, Jesús estaba mostrando que esas barreras no son infranqueables. Que la luz puede atravesarlas. Que la chispa puede escapar. El velo rasgado es la promesa de que la prisión tiene una salida.

El centurión romano, al presenciar estos eventos, exclamó: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39). Los gnósticos leían esta confesión como una ironía trágica. El centurión, representante del poder del demiurgo, reconoce que en Jesús se manifestaba algo que no pertenecía a este mundo. Pero no entendió que esa misma filiación divina está disponible para todos los que despiertan.

Lo que debes recordar de este capítulo
La distinción entre Jesús y el Cristo es clave. El hombre Jesús, nacido de María, fue el vehículo temporal del Cristo espiritual. En el bautismo, el Cristo descendió sobre él. En la víspera de la crucifixión, el Cristo se retiró, ascendiendo nuevamente al Pleroma.

El grito de abandono (“Eloi, Eloi, ¿lama sabacthani?”) es la prueba de esta separación. Jesús se sintió abandonado porque realmente lo estaba. El Cristo ya no estaba con él. Marcos 15:34 es el versículo central para esta interpretación .

La cruz no es un sacrificio expiatorio. Para los gnósticos, la muerte de Jesús no pagó ninguna deuda con un Dios ofendido. Fue la consecuencia de vivir en un mundo gobernado por el demiurgo. Los poderes de este mundo matan a los que despiertan.

El “escape” del Cristo es el modelo del ascenso gnóstico. Así como el Cristo abandonó el cuerpo de Jesús antes de la muerte, así el gnóstico, al morir, abandona su cuerpo y asciende a través de las esferas de los arcontes, llevando las contraseñas que lo acreditan como hijo de la Luz .

La Pistis Sophia narra los once años de enseñanza secreta después de la resurrección. En ese período, Jesús reveló a sus discípulos los misterios del Pleroma, las contraseñas para ascender, la estructura de los arcontes, y el camino de retorno a la Luz.

El velo del templo rasgado simboliza, para los gnósticos, que las barreras entre el Pleroma y el kenoma no son infranqueables. La luz puede atravesarlas. La chispa puede escapar.

Scroll to Top