La Ascension y la Promesa

El final de la presencia visible

El relato de los Hechos de los Apóstoles describe el momento de la ascensión de Jesús con una economía de palabras que contrasta con la magnitud del acontecimiento:

“Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y una nube le recibió y le quitó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, mientras él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.”
— Hechos 1:9-11

Para el lector ortodoxo, este pasaje describe el retorno físico de Jesús al cielo, donde se sienta a la diestra del Padre. Para el gnóstico, la lectura es muy diferente. La “nube” que recibe a Jesús no es una formación meteorológica, sino el velo que separa el kenoma (el mundo material) del Pleroma (la plenitud espiritual) . Y los “dos varones con vestiduras blancas” no son ángeles en el sentido tradicional, sino emisarios del Pleroma que vienen a recordar a los discípulos que no deben quedarse atrapados en la contemplación de lo exterior.

El mismo pasaje de los Hechos, leído con atención, contiene una indicación de que la ascensión no fue un evento puramente físico. Jesús “fue alzado” mientras los discípulos lo miraban, pero luego los ángeles les dicen que “así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. Para los gnósticos, esta promesa no se refiere a un retorno literal de Jesús en las nubes, sino a la continua presencia del Cristo en la gnosis: así como se fue en una forma que los discípulos pudieron percibir con sus ojos físicos, así volverá en una forma que solo los ojos del espíritu pueden reconocer .

Sin embargo, para los gnósticos, este relato canónico de la ascensión es solo la versión pública de una historia mucho más rica y compleja. La Pistis Sophia, el gran texto gnóstico que recoge las enseñanzas secretas de Jesús, sostiene que antes de ascender definitivamente, Jesús permaneció en la tierra durante once años después de su resurrección .

“Y aconteció que después que Jesús hubo resucitado de entre los muertos, pasó once años hablando con sus discípulos, instruyéndolos solo hasta las regiones del Primer Misterio.”
— Pistis Sophia, Libro I

Estos once años no son un error histórico, sino una afirmación teológica. Jesús no podía ascender inmediatamente porque la gnosis que había venido a revelar no podía ser comprendida en pocas semanas. Los cuarenta días de los Hechos son, para los gnósticos, el tiempo de las apariciones públicas, destinadas a establecer la fe de las multitudes. Los once años de la Pistis Sophia son el tiempo de la enseñanza secreta, destinada a los que ya habían despertado .

Esta distinción es crucial. La ortodoxia construyó su Iglesia sobre la base de la fe pública: la predicación a las multitudes, los milagros visibles, la muerte en cruz y la resurrección al tercer día. Los gnósticos, en cambio, construyeron su tradición sobre la base de la transmisión privada: las enseñanzas que Jesús dio en secreto a sus discípulos más cercanos, lejos del ruido de las multitudes y de la vigilancia de los arcontes .

Los cuarenta días y los once años: dos niveles de revelación
El Nuevo Testamento canónico registra que Jesús se apareció a sus discípulos durante cuarenta días después de la resurrección (Hechos 1:3) . Lucas, el autor de los Hechos, es claro:

“a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.”
— Hechos 1:3

Estos cuarenta días son un período simbólico. El número cuarenta aparece repetidamente en las Escrituras: los cuarenta días del diluvio, los cuarenta años de Israel en el desierto, los cuarenta días de Moisés en el Sinaí, los cuarenta días de Elías caminando hacia Horeb. Es el número de la preparación, del tiempo necesario para que una generación se renueve, para que una promesa se cumpla.

Pero para los gnósticos, estos cuarenta días no son el final de la historia. Son solo el principio. Porque durante esos cuarenta días, Jesús estaba preparando a sus discípulos para algo más: la recepción de la gnosis completa, que solo podía darse después de que los discípulos hubieran superado sus miedos y sus dudas.

El Evangelio de Tomás, encontrado en Nag Hammadi, comienza con una declaración que ilumina este período:

“Estas son las palabras ocultas que habló Jesús vivo, y Judas Tomás Dídimo escribió. Y dijo: ‘Quien encuentre la interpretación de estas palabras, no gustará la muerte’.”
— Evangelio de Tomás, Prólogo

“Palabras ocultas”. No porque Jesús fuera un conspirador, sino porque la gnosis no puede ser transmitida en masa. Las multitudes recibían parábolas; los discípulos recibían explicaciones; los íntimos (Tomás, María, Judas) recibían los misterios más profundos .

La Pistis Sophia desarrolla esta pedagogía secreta con gran detalle. En sus primeros capítulos, el texto describe cómo Jesús, después de la resurrección, se sienta en el Monte de los Olivos con sus discípulos y comienza a revelar los misterios del Pleroma. Sus discípulos, aún atemorizados, le preguntan:

“Señor, ¿hasta cuándo permanecerás con nosotros?”

Y Jesús responde:

“Hasta que hayáis recibido todos los misterios de la Luz. Porque no puedo ascender sin dejaros la herencia que os fue prometida.”

Este diálogo, que no se encuentra en los evangelios canónicos, es central para la tradición gnóstica. Jesús no ascendió inmediatamente porque su misión no era solo morir y resucitar, sino enseñar. Y la enseñanza requiere tiempo. Los once años de la Pistis Sophia son, por tanto, el testimonio de que la gnosis no se recibe en un instante de fe, sino en un proceso de transformación gradual .

El ascenso a través de los cielos
¿A dónde ascendió Jesús? Para la ortodoxia, ascendió al “cielo”, un lugar más allá del espacio físico, la morada de Dios. Pero para los gnósticos, la respuesta es más compleja. Jesús no ascendió directamente al Pleroma. Tuvo que atravesar las esferas de los arcontes, los gobernantes planetarios que bloquean el camino del alma hacia la Luz.

La Pistis Sophia describe este ascenso con un detalle que raya en lo litúrgico. Jesús, después de haber instruido a sus discípulos durante once años, comienza a ascender. Atraviesa el primer cielo, donde gobierna el arconte Adamas. Atraviesa el segundo cielo, donde gobierna el arconte Jao. Atraviesa el tercero, el cuarto, el quinto, el sexto, el séptimo. Cada vez, los arcontes intentan detenerlo, preguntándole quién es y de dónde viene. Y cada vez, Jesús responde con las contraseñas de la Luz, que los arcontes no pueden rechazar porque están selladas con el poder del Primer Misterio .

Finalmente, Jesús alcanza el decimotercer eón, el límite entre el kenoma y el Pleroma. Allí se encuentra con Pistis Sophia (literalmente, “Fe-Sabiduría”), una entidad femenina que había caído del Pleroma y había sido atrapada por los arcontes. Jesús la rescata, la envuelve en su luz, y la eleva con él al Pleroma.

“Y aconteció que entonces me acerqué al caos, resplandeciendo muy enormemente, para quitar la luz de aquel poder de rostro leonino. Y lo hice, y extraje la luz de Sophia de entre las emanaciones de los arcontes.”
— Pistis Sophia, Capítulo 55

Este relato del rescate de Pistis Sophia es una alegoría del destino de todas las almas gnósticas. Así como el Cristo rescató a Sophia de las garras de los arcontes, así cada gnóstico, al morir, puede ser rescatado de la rueda de la reencarnación si conoce las contraseñas y ha vivido una vida de desapego. La ascensión de Jesús no es solo un evento histórico; es el modelo de nuestra propia ascensión .

La promesa del Consolador
Antes de ascender, Jesús hizo una promesa a sus discípulos:

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.”
— Juan 14:16-17

Para la ortodoxia, este Consolador es el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, que descendió sobre los apóstoles en Pentecostés. Pero para los gnósticos, la interpretación es más matizada. El “Espíritu de verdad” no es una persona divina separada, sino la presencia misma del Cristo en la gnosis .

Jesús promete que no dejará huérfanos a sus discípulos. Pero también dice que el mundo (es decir, el sistema del demiurgo) no puede recibir a este Consolador, porque no lo ve ni lo conoce. Esto implica que el Consolador no es una entidad externa que se impone a todos por igual. Es una presencia interna que solo aquellos que han despertado pueden reconocer. Es la chispa divina que el Cristo activa en el corazón del gnóstico .

El Evangelio de Tomás recoge un dicho de Jesús que expande esta promesa:

“Yo os daré lo que ningún ojo ha visto y ningún oído ha escuchado y ninguna mano ha tocado y que no ha surgido en la mente humana.”
— Evangelio de Tomás, logion 17

Ese “lo que ningún ojo ha visto” es la gnosis. No es una información que se pueda transmitir en palabras, ni un objeto que se pueda mostrar con la mano. Es una experiencia interior que transforma al que la recibe. Y esa experiencia, aunque inefable, es más real que cualquier cosa que los ojos puedan ver.

Los discípulos y la misión de transmitir la gnosis
Después de la ascensión, los discípulos se quedaron solos. Pero no vacíos. El Cristo se había ido, pero la gnosis que había sembrado en ellos seguía viva. Su misión, a partir de entonces, era transmitir esa gnosis a los que estuvieran preparados para recibirla.

El Evangelio de Mateo termina con la conocida “Gran Comisión”:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”
— Mateo 28:19-20

Para los gnósticos, este mandato no significa convertir a todos los seres humanos a una religión institucional. Significa despertar a los que pueden despertar. No todos están preparados para recibir la gnosis. Pero los que tienen oídos para oír, los que sienten la inquietud sagrada, los que preguntan sin descanso, esos deben ser guiados.

El Evangelio de Tomás expresa esta misma idea en el logion 1:

“Quien encuentre la interpretación de estas palabras, no gustará la muerte.”

La misión de los discípulos no era salvar a todos, porque la salvación no es algo que se pueda imponer desde fuera. Era ofrecer el mapa a los que quisieran recorrer el camino. Y ese mapa era la gnosis: el conocimiento de que somos chispas divinas atrapadas en una prisión material, y de que podemos recordar nuestro origen y regresar a él.

Los dos caminos: la ascensión física y la ascensión espiritual
El relato canónico de la ascensión (Hechos 1:9-11) presenta un evento físico: Jesús se eleva en el aire y una nube lo oculta. Para los gnósticos, este relato es una imagen, no una descripción literal. La “nube” no es una formación meteorológica, sino el velo de la materia que se disuelve cuando el espíritu la atraviesa. El “aire” no es el cielo atmosférico, sino las esferas de los arcontes que el Cristo tuvo que sortear para regresar al Pleroma .

Los discípulos, al verlo ascender, se quedaron mirando al cielo. Los ángeles (los dos varones con vestiduras blancas) tuvieron que recordarles que no se quedaran atrapados en la contemplación externa. “¿Por qué estáis mirando al cielo?”, les dijeron. Porque la verdadera ascensión no es la que se ve con los ojos, sino la que ocurre dentro del alma .

El gnóstico no necesita esperar una segunda venida física de Jesús en las nubes. El Cristo ya ha venido, y ya está presente, en la gnosis. Cada vez que un alma despierta, el Cristo nace de nuevo en la tierra. Cada vez que un gnóstico recuerda su origen, el Cristo asciende de nuevo al Pleroma. El ciclo de la redención no es un evento único en la historia, sino un proceso eterno que se repite en cada despertar.

El don del Espíritu y la comunidad gnóstica
El relato de Pentecostés (Hechos 2:1-4) describe cómo el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego, capacitándolos para hablar en diversas lenguas. Para los gnósticos, este evento no es el inicio de la Iglesia institucional, sino la manifestación visible de la gnosis. Las “lenguas de fuego” son el símbolo de la iluminación interior, del conocimiento que quema las ataduras de la materia y eleva el alma hacia el Pleroma .

La comunidad gnóstica que surgió después de la ascensión no era una iglesia en el sentido ortodoxo. No tenía jerarquía fija, ni credo obligatorio, ni liturgia uniforme. Era una red de buscadores, de hombres y mujeres que se reunían para compartir sus interpretaciones de los dichos secretos de Jesús, para practicar la meditación del observador, para ayudarse mutuamente a despertar .

El Evangelio de Tomás fue uno de los textos que nutrió a estas comunidades. No es un evangelio narrativo; es una colección de dichos (logia) que cada lector debía interpretar por sí mismo . Como dice el logion 2:

“Jesús ha dicho: Que quien busca no deje de buscar hasta que encuentre, y cuando encuentre se turbará, y cuando haya sido turbado se maravillará y reinará sobre la totalidad y hallará el reposo.”

Esta es la promesa de la ascensión: no un lugar en el cielo después de la muerte, sino un estado de reposo que se alcanza aquí y ahora, cuando la chispa despierta y el alma se reconcilia con su origen.

La Pistis Sophia añade que Jesús, antes de ascender, dio a sus discípulos las instrucciones para transmitir la gnosis a otros:

“Cuando yo haya ido a la Luz, proclamadlo a todo el mundo y decidles: No ceséis de buscar día y noche y no os detengáis hasta que encontréis los misterios del Reino de la Luz, que os purificarán y os harán luz refinada y os llevarán al Reino de la Luz.”

“No ceséis de buscar”. No dice “obedeced”. No dice “creed”. Dice buscad. Porque la gnosis no es una posesión estática, sino un movimiento perpetuo. El que cree haber encontrado la verdad absoluta, se ha dormido otra vez. El que busca siempre, está siempre despierto.

Lo que debes recordar de este capítulo
La ascensión de Jesús no fue un evento puramente físico que los discípulos presenciaron con sus ojos. Fue un evento espiritual que marcó la transición del Salvador de la esfera visible a la invisible. El relato de Hechos 1:9-11 es la versión pública; la versión gnóstica, registrada en la Pistis Sophia, describe un descenso a través de las esferas de los arcontes y el rescate de Pistis Sophia .

Jesús no ascendió inmediatamente después de la resurrección. Según la Pistis Sophia, permaneció en la tierra durante once años instruyendo a sus discípulos en los misterios de la Luz. Los cuarenta días de Hechos 1:3 son el tiempo de las apariciones públicas; los once años son el tiempo de la enseñanza secreta .

El “Espíritu de verdad” o Consolador que Jesús prometió en Juan 14:16-17 no es una persona divina separada, sino la presencia misma del Cristo en la gnosis. Es la chispa divina que se activa en el corazón del gnóstico cuando despierta .

La “Gran Comisión” de Mateo 28:19-20 no es una orden para convertir a todos los seres humanos a una religión institucional. Es una invitación a despertar a los que pueden despertar, a ofrecer el mapa a los que quieren recorrer el camino .

El Evangelio de Tomás, con sus 114 dichos secretos, es el testimonio más puro de esta enseñanza esotérica. Su logion 1 promete: “Quien encuentre la interpretación de estas palabras, no gustará la muerte” .

La ascensión no es un evento único en la historia, sino un proceso eterno que se repite en cada despertar gnóstico. Cada vez que un alma recuerda su origen, el Cristo asciende de nuevo al Pleroma.

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