El silencio Primordial
La Mónada: el Dios que no se puede nombrar
Antes de que existiera el tiempo, antes de que el espacio se curvara sobre sí mismo, antes de que el primer pensamiento brotara de mente alguna… no había nada. Pero no un “nada” vacío, sino una plenitud tan absoluta que resulta inefable para cualquier lengua, incluida la de los ángeles.
Ese estado original, esa fuente sin fuente, es lo que los gnósticos llaman la Mónada (del griego monas, “unidad”, “soledad”). También recibe otros nombres: el Padre Inefable, el Abismo Primordial, el Uno Absoluto, el Ser más allá del Ser. Pero ninguna palabra lo atrapa. Cualquier nombre que le demos ya es una limitación.
“Él es inefable, pues nadie lo comprende. Es innombrable, pues nadie lo ha nombrado. Es luz inaccesible, pura, santa.”
— El Apócrifo de Juan (texto gnóstico del siglo II, Biblioteca de Nag Hammadi)
Lo que la Mónada no es
Para entender a la Mónada, los gnósticos prefieren decir lo que no es, antes que arriesgarse a decir lo que es. Este método, llamado teología apofática, es el único camino para acercarse a lo que trasciende todo concepto.
La Mónada no es masculina ni femenina. No es un ser personal, ni una fuerza impersonal. No tiene voluntad en el sentido humano, ni carece de ella. No es bondadosa ni cruel, porque la bondad y la crueldad pertenecen al mundo de la dualidad. La Mónada está más allá del bien y del mal, no en un sentido moral (como si fuera indiferente), sino en un sentido ontológico: es la fuente de la que brotan tanto el bien como el mal, sin identificarse con ninguno.
“Él no es infinito, pero no es finito. No es uno, pero no es múltiple. No es cuerpo, pero no es incorpóreo. No es grande, pero no es pequeño. No es creación, pero no es nada.”
— El Evangelio de la Verdad (texto gnóstico, Nag Hammadi)
El filósofo y teólogo Pseudo-Dionisio Areopagita (siglo V-VI d.C.), profundamente influido por el neoplatonismo y el gnosticismo, llamó a esto la Nube del No-Saber: un estado en el que la mente debe abandonar todas sus categorías para tocar, siquiera por un instante, lo que no puede ser pensado.
La Mónada no “crea” el mundo (y eso es clave)
Una de las diferencias fundamentales entre el gnosticismo y las religiones abrahámicas es que la Mónada no creó el mundo. El mundo material no procede de ella. No es su obra, ni su reflejo, ni su voluntad. La Mónada no “crea” en el sentido de producir algo externo a sí misma, porque fuera de ella no hay nada. No hay un “otro” para que ella actúe sobre él.
Lo que la Mónada hace no es crear, sino emanar. Como el sol emite luz sin perder nada de sí mismo, como el perfume se desprende de la rosa sin que la rosa disminuya, así la Mónada emana desde sí misma realidades divinas que participan de su naturaleza, pero sin agotarla.
Estas realidades emanadas son los Eones (del griego aión, “era”, “eternidad”, “ser divino”). Y el conjunto de todos ellos, en su totalidad ordenada, es el Pleroma (del griego plérôma, “plenitud”, “totalidad”).
“Él se contempla a sí mismo en su propia luz que lo rodea. Es la fuente de la fuente de la vida. De él emanaron todos los eones, todas las existencias.”
— El Apócrifo de Juan
El error común: confundir a la Mónada con el “Dios creador”
Es frecuente, incluso entre personas con formación religiosa, confundir a la Mónada con Yahvé, el Dios del Antiguo Testamento. Pero esta confusión es precisamente la gran mentira del demiurgo, que se presenta a sí mismo como el único Dios.
La Mónada no ordena sacrificios, no castiga con diluvios, no elige pueblos elegidos, no se enfurece con los que adoran ídolos. La Mónada no tiene emociones, porque las emociones son respuestas a un mundo externo, y para ella no hay ningún “afuera”. La Mónada no puede ser tentada (Santiago 1:13), no se arrepiente (Génesis 6:6), no necesita ser alabada. Es pura quietud. Pura plenitud.
“El Padre es uno. Es como un manantial que no se agota. No tiene opuesto, porque no hay nada contra él. No tiene rival, porque no hay nada fuera de él.”
— El Evangelio de Felipe (Nag Hammadi)
El gran estudioso del gnosticismo Hans Jonas lo expresó así: “La Mónada no es un ser entre otros seres, ni siquiera el más alto. Es la condición de posibilidad de todo ser, aquello sin lo cual nada podría existir, pero que no existe ‘junto a’ las cosas, sino como su fuente silenciosa e inalcanzable.”
¿Podemos experimentar a la Mónada?
Si la Mónada está más allá de todo pensamiento, ¿podemos siquiera hablar de ella? ¿Podemos tener alguna relación con ella? Los gnósticos responden con un matiz sutil: no podemos conocerla, pero podemos recordarla.
No se trata de un conocimiento intelectual, de una proposición que se aprende y se repite. Se trata de un recuerdo (los gnósticos usaban la palabra griega anámnesis, que Platón ya empleaba para el conocimiento de las Ideas). Algo en lo más profundo de nosotros, más allá del ego, más allá de la mente discursiva, ya sabe de dónde viene. No necesita aprenderlo. Necesita recordarlo.
“El que ha encontrado la fuente del Agua de la Vida, ya no tiene sed. Y esa fuente es el Padre. Pero nadie puede beber de ella si no ha recordado quién es.”
— El Evangelio de Tomás (logion 13, paráfrasis)
Este recuerdo no es un estado alterado de conciencia, ni una visión mística, ni un éxtasis. Puede ser muy sutil: una paz inesperada en medio del caos, una certeza silenciosa de que el mundo no es todo lo que hay, una pregunta que se niega a callarse. Esa es la Mónada llamando a la chispa desde el fondo de tu ser.
El silencio como lenguaje de la Mónada
Si la Mónada no puede ser nombrada, entonces el único lenguaje que le corresponde es el silencio. No el silencio vacío, sino el silencio pleno: el que existe antes de que brote la primera palabra, antes de que el primer pensamiento se separe del pensador.
Muchos textos gnósticos llaman a la Mónada Sigē, “el Silencio”. No porque esté callada (como si pudiera hablar), sino porque el silencio es su naturaleza. El ruido, las palabras, los conceptos pertenecen al mundo del demiurgo. La Mónada es el silencio del que todo brota y al que todo retorna.
“El silencio es el Padre. El silencio es la madre de todos los eones. Del silencio brotó la palabra, y de la palabra, el mundo. Pero quien solo escucha la palabra y no el silencio, solo conoce al demiurgo.”
— Textos de Nag Hammadi (paráfrasis)
El teólogo y místico Meister Eckhart (1260-1328), condenado por herejía por su cercanía al gnosticismo, predicó algo muy similar: “Hay en el alma un fondo donde ni siquiera Dios ha mirado. Ese fondo es el silencio donde Dios se engendra a sí mismo antes de ser Dios.”